Confesión de María Radoslovich

extraída y adaptada de la
Historia inédita de Venecia

§§ -transcripta a pedido del Serenísimo Príncipe
& del Ilmo. instructor Francesco Mladineo -§§


En el patio, en una hoguera habrán
de quemarte, cuando por fin confieses:
hacer nudos en el pelo, de un faisán
haber bebido la sangre, por meses
acostarte con el demonio, el ano
haberle tocado, comer sus heces,
beber sangre tanta sangre de humano;
hasta que confieses vivir de noche
amante de la luna con la mano
confieses tocarte y ya sin reproche
en ascuas grites y por puta, ardas.”

Incisión en la celda de M.R.

-------- Los jueces se sentaron contra la pared del fondo de la amplia habitación. Hicieron entrar a la procesada, que dijo: “Soy María, María Radoslovich, de Zara. Tengo más de sesenta años, tantos que he perdido la cuenta. No sé por qué me trajeron acá”.  Tenía que haber una equivocación: no había hecho nada: lo único había sido hablar de Ermolao, de la vez que lo vio llegar a Sanvincenti en carroza. ¿Qué de malo tenía hablar si estaban todos muertos, él, el Doge Marino, todos? Últimamente no hacía otra cosa que recordar. Recordaba el día que se conocieron, ella estaba tendiendo las sábanas y sintió un trote de caballos y se asustó con el polvo de la tierra roja. Ermolao iba en el pescante y Marino, asomado por la puerta, gritaba: “no hay vuelta que darle, los venecianos nacimos para las góndolas”.
Todo el feudo se había reunido en la plaza a ver la carroza, cómo Ermolao ayudaba a bajar a Ángela y Marino a Morosina, pero ante todo, para no perderse las bodas de cristal de los Grimani con las Morosini: el espectáculo de encajes de Burano que lucía Morosina, siempre tan linda, tanto que la envidiaba más a ella que a Ángela, la mujer de Ermolao.
"Esa noche, mientras Marino y Morosina festejaban, y Ángela permanecía encerrada en su pieza con un humor de perros, Ermolao se me acercó y me preguntó: cómo te llamás, y me dijo, Dios me libre, qué ojazos tenés”.

A la pregunta de que si lo había mirado o lo había incitado, María negó: “No, lo juro por Dios; dije mi nombre pero no lo miré”; a la pregunta de que por qué dios juraba, “por el único” respondió.
“Continúe”, le dijeron.
Ermolao le propuso ir al establo a medianoche y ella, que tenía catorce años, ella había ido porque era una orden del patrón, “y porque mi madre me había enseñado a obedecer, y porque Ermolao, aunque fuera mucho más grande, me gustaba”. Los jueces le pidieron que fuera al grano. “En el establo él sacó un libro. Me leyó una poesía y nos besamos. Por cinco años, cada vez que venía a Sanvincenti, nos encontrábamos ahí. A veces, bajaba de día a mi cuarto y lo hacíamos rápido para que nadie sospechara”.
Entonces, los jueces ordenaron al ujier que la desnudara. Del examen minucioso se relevaron las siguientes pruebas: dos marcas en el cuello, seis llagas alrededor de los bajos orificios y casi ninguna señal de la avanzada edad, ni arrugas ni callos ni várices.
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Al segundo día se le preguntó cómo sabía que se había acostado con él y no con otro parecido a él, tipo el demonio o un emisario del demonio. María se hizo la señal de la cruz. “Cinco años habían estado juntos: no podía confundirlo.” Su madre le había enseñado a quién mirar: con Ermolao tendrían lindos hijos. Ellas habían venido a Sanvincenti justamente para eso, para escapar del demonio y cambiar vida de una vez por todas. La madre temía que los turcos la violaran. Una hija violada es difícil que tenga un futuro, “para eso, mejor que te lleven los turcos”, le decía la madre, y antes de que sucediera, empacaron y se encaminaron para Sanvincenti, bajo la recomendación de Su Señoría el instructor Francesco Mladineo, que les había conseguido trabajo en el castillo.
Ella sabía distinguir al demonio y a sus emisarios. Siempre le había temido a las brujas. Era cierto que de casada se negaba a plancharle a su marido, pero eso para no esclavizarlo. No planchaba ni había tenido hijos ni rezaba en voz alta ni iba a la iglesia. Los del pueblo la trataban de bruja por eso y porque sabía de especias y no tenía miedo, casi nunca. De chica, una comadre le decía bruja y ella pensaba para sí: “si son todas como vos, más me vale que te muerdas la lengua”.
Era verdad, a la iglesia no entraba. Ella tenía otros santos. San Saba era su preferido. ¿No se podía? María Radoslovich dijo no saberlo, como tampoco que estaba mal llevar las uñas largas y el pelo despeinado; si había que peinarse, lo haría, dijo, y se peinó con los dedos y se comió las uñas y empezó a desvariar.
El ujier hubo de llevársela.
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Al tercer día Radoslovich volvió con los puños cerrados y una mueca en la boca.
Dijo, soy María. Y dijo: “Por él me revolqué con las bestias en el barro. Una enfermedad es el amor, un mal de ojo: no sabía que sabía hacerlo pero lo hice, a él, que no era él, era el demonio”. Se había enamorado del demonio que se hacía pasar por Ermolao y ahora había vuelto para injuriar a las familias de bien, cuando lo cierto era que los había ido matando, uno a uno, a todos, que no habían muerto de viejos sino por su culpa.
¿Dónde había aprendido a hacer esos gualichos?, le preguntaron, y aludieron a Caterina, una bruja de Zara.
María se limitó a asentir.
“Continúe”, le dijeron.

“No tuve hijos. Una vez estuve embarazada pero lo perdí. Lo enterré junto a la piedra, de donde dicen que nacen los niños. Lo rodeé todo de encajes... Se los había pedido a la patrona Morosina, pero no quiso dármelos. A ella, le robé las puntillas; a Ángela, quise sacarle el marido, pero él no quería, entonces me dije, prendo fuego el castillo. Empecé por el establo, donde fui la primera en caer entre el humo y las llamas. Pensé: por fin he muerto, pero no, ni eso.”

Nadie había sospechado cuánto lo amaba, cuánto se debatía, nadie salvo uno de los sirvientes, que hacía tiempo la miraba y que la salvó del fuego, se la llevó cerca del mar y le propuso casamiento. De eso hacía más de cuarenta años. Ahora todos estaban muertos, hasta su marido. Ella había venido creyendo que una vez que todos estuvieran muertos, le estaría permitido hablar...

A 25 días del mes de febrero de 1632, ante el instructor Francesco Mladineo, María Radoslovich confesó:

“- bebo hasta emborracharme;
- me he drogado con mandrágora, cáñamo y opio;
- he participado en aquelarres, he fornicado con animales y me he acostado con mujeres;
- he comido carne y bebido sangre tibia de corderos sacrificados;
- detesto las labores de casa, el llanto de las gaviotas y el de los niños;
- vivo haciendo fórmulas mágicas con palabras;
- en las almohadas de mis víctimas dejo matas de pelos anudados, plumas de basiliscos, gotas de sangre, heces de murciélago, ungüentos;
- me he masturbado con la mano y con palos. He gozado horrores haciéndolo;
- he amado a mi demonio más que a nadie. Me he enroscado en su cola y le he acariciado el ano;
- he envenenado a los hombres como una víbora, a lengüetazos; he adorado a más de un dios y no entro jamás en las iglesias y soy una blasfema y he abortado y he matado con palabras y puede que nunca haya dicho cosas alegres o asegurado finales felices.------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ Lo confieso.-----------------------------------------------------------------------------------------------”

soy doméstica

I

yo no sé bien qué tipo
de mina soy.
a veces muero por una
cebolla, otras
chapuceo en el barro
me revuelco
me enveneno.

sabrás que en sí
soy una persona doméstica
que si no hago la cama es porque sé
que al mismo día la desarmo.
sabrás que en eso al menos
no me contradigo.

en casa estoy trazando
un mapa. no sé bien por dónde
pero en una región junto a vos
madre que te casás con otro hombre
en ese mapa junto a tu vestido de novia
hay una liebre y un granado.

hace años que los busco por un cuarto
empapelado de osos colgados de las ramas
o quizá más que osos fueran coalas.

yo no sé bien que tipo
de mina soy
pero soy una persona doméstica.
lo único que hago es ir por casa
de cuarto en cuarto
a ver dónde fue a parar la liebre
dónde el granado
dónde el sueño con el que te vestí
y te hice de testigo
madre que te casaste en el auto.

no sé que mina soy
pero soy doméstica.

cuando la lengua no sirve ni para avisar quién viene

Ayer estuve en una reunión de eucratas. Sí, ya sé. Se preguntarán qué son, de dónde vienen, qué buscan, a qué galaxia pertenecen. Lo mismo me pregunté yo y no es que haya entendido mucho. Para nada. Al parecer, según reza la página de facebook, Eucracia se propone realizar un nuevo paradigma (de pensamiento, de vida, de sistema político-ideológico?) que suplante a la vieja artrítica democracia. 
El heraldo de este movimiento, Giorgio, habla de Eucracia como Ursula Le Guin habla de Urras. Con el mismo realismo. Lo escuché decir que, de donde él venía, las cosas eran así o asá, que en su país tenían una moneda propia, un pasaporte propio, que tenían un parlamento propio, que usaban el trueque (lo que era fácil de creer, ya que el fin de semana antes había estado en la fiesta de una familia italiana que se había fundido pero que no obstante ello seguía amando la juerga y organizaba el jolgorio a base del trueque y de que cada uno aportara con un vinito).

Los que estaban en la reunión parecían conocerlo desde hacía tiempo. Cuando pregunté cómo se hacía para formar parte, Giorgio no entendió la pregunta y ellos le tradujeron:"Lo que quiere saber es qué política de inmigración tiene Eucracia". Yo estaba cada vez más anonadada, así que largué la batería de preguntas, del tipo: ¿me mostrás una moneda?, ¿vos pagás los impuestos? y cosas por el estilo.
Las respuestas eran cada vez más confusas. Se habló de China, del control genético que habían hecho de la raza durante años, siglos, el mismo control que occidente había hecho con los perros (juro que se dijo eso, no exagero); las diez personas que habían asistido parecían madres desesperadas; el heraldo las dejó descargarse: "llorá, si tenés que llorar, llorá".
Giorgio, que se hacía llamar cartero porque en su tour por Italia llevaba el mensaje de la gente que había visto antes, contó que el lunes o uno de esos días había estado en Pordenone, con un grupo de 45 odontólogos. Traía el mensaje de parte de ellos. Uno contaba que había realizado un trabajo bajo el mítico trueque, por no sé cuántos gramos de oro, otra decía que en la ciudad habían vuelto a instaurar la huerta municipal. 
A cierto punto de la conversación sobre la huerta y las lombrices en el abono y los chinos que levantaban la economía textil italiana, se abordó el tema gramatical-morfológico. El cartero Giorgio dijo que en Eucracia se hablaba en el género de la mayoría de los miembros del parlamento presente. Si la mayoría eran las mujeres, se hablaba en femenino, si no, en masculino. Giorgio creía que bastaba cambiar el género para que una persona adoptara la visión femenina o masculina, y yo traté de recordarle que el lenguaje es arbitrario, que siempre va a serlo, me convertí en la aguafiestas, como siempre cuando me tiran la lengua. 
Me imaginé un futuro donde nadie supiera cómo llamar a las cosas, qué nombre darles. Me imaginé el español que extendía el neutro a todas las cosas, como el inglés, a todas las cosas menos a las personas, que no son neutras, que por suerte eligen cómo y qué dicen. Pensé en el mar y en la azúcar, y en un congreso de literatura feminista que se hizo en Trieste el año pasado. Entonces la propuesta era hablar de las "personaj/as", esas personas con rayas o rajas o lajas de la literatura contemporánea. me negué a adoptar semejante engendro. De hecho todavía me duelen las encías al decir esa palabrota. 
II



Cerramos los postigos para ver claro.
Una miríada de mariposas hay
por el revés de los párpados.

En la vigilia de tus sueños casi
me escuchaste decírtelo
y al otro día apareciste
con visos de mariposas en los ojos.

Te habían dicho que las hay 
de noche y como vos en la montaña
las hay de día.  

la cebolla

hay veces que siento
una ganas bárbaras
de picar una cebolla.
no dejo correr el agua fría
no abro la canilla
ni miro para otro lado:

pienso solo en mí
y lloro con gusto así
hasta que los ojos arden.
el mar pica.

Fernando Vallejo


Estoy leyendo su último libro, El don de la vida, una cínica y divertida reflexión del mundo de hoy. Todavía no lo he terminaod pero ya puedo adelantar que es como para mearse de la risa y después llorar sin lágrimas porque la cagada es que todo es bastante cierto: Colombia, la cultura global, la religión, la iglesia, Roma con sus papas que son césares avalando la reproducción en un mundo donde no cabemos y no hay qué comer y la mujer que pare y pare y dios que para lo único que sirve es para mandar catástrofes.
El libro es el diálogo -platónico- entre el protagonista, Vallejo, y un amigo que por momentos no se diferencia para nada de él mismo y que no se sabe bien quién es. Al menos no por ahora. Los dos están sentados en el banco de una plaza en Medellín, mientras el protagonista -viejo lúcido y nostálgico- intenta levantarse a los muchachos que pasan y la gente va cayendo muerta; cae muerta así, como si nada. entonces Vallejo anota un muerto más en su inventario de muertos. Unos setencientos ha conocido en vida, desde la abuela hasta Juan Pablo segundo, el ex papa, pasando por sus perros, por el que nunca puede faltar, Borges, y Octavio Paz y otras tantas figuritas de los últimos años.
Una reflexión mordaz. Divertida.

ética del contador de entradas

Hoy puse el contador en el blog y resulta que una vez que lo pongo aparece un mensaje en el que me advierten que, si lo deseo, puedo acelerarlo. ¿Cómo? Sí, sí. Inflarlo. "Seguramente ud. no querrá empezar de cero", proponía el Mefistófeles de este nuevo mundo virtual. 
Y el guacho sabía bien de lo que estaba hablando. Bue, pensé, mi perfil fue modestamente consultado por unas 500 personas. Puedo poner ese número.
Podía poner lo que quisiera. En lugar de empezar de cero mi contador empezaría por la cifra de quinientos, cien, mil, diez mil. Lo que mi estima considerase oportuno.
Una vez más, detrás estaba el puto lema: "Hay que saber venderse".
Pues no, carajo. No me vendo ni por todo el culo del mundo. Allá uds. si se comen ese sapo. 
Yo había entrado para llevarme gratis un contador y así saber a cuánta gente le interesa las burradas que digo y pienso, y en su lugar se me ofrece hacerme pasar por el más leído de los blogs, subirme la auto estima, engañar a los pocos lectores que tengo. 
Y lo más perverso es que el contador es gratis pero inflarlo, no inflarlo no. Para inflarlo hay que llamar a un número...obtener un código. 

He aquí la ética del contador. (Cuando publico esta nota marca el número: 14)

I- L'opinione del sindaco

Si vestì senza guardare il cielo e coi tacchi scivolò per strada. Il sindaco disse: dovete andare più attenti. Rincasò a tentoni. Era invecchiata.

cómo gusta

¡Qué gusto da armar ídolos estéticas decirle a los otros cómo qué deben hacer y no hacer, auto coronarse paladines de la cult-tortura! ¡Cómo nos gusta el tema del grupito retro adolescente que se da palmaditas en la espalda y se masturba con las propias frases, le proprie bravate! ¡Cómo nos gusta buscar en internet la nostalgia de la televisión de antes de los discursos de antes y hablar de lo que una vez fuimos y ya no somos y deberíamos ser!
Montale presiento tenía razón al no tener nada que decir sobre lo que hay que hacer sino más bien de lo que capaz no habría que hacer.

Dafne



Escapo si deseas
atarme un delantal a la cintura.

Madre que por envidia,
o quizá padre
que nada preserva,
me salvaron del asedio
y en laurel me convirtieron.

Ahora,
abrazo la tierra.

Antígona




A mis ojos, nada te ha hecho más viva,
Antígona,
ni la soberbia de tus gestos
que otros llaman tesonería,
ni la rebelión contra el cetro
cuya moral de panfleto
se pregona todavía,
ni siquiera tu juventud arrolladora
mezcla de furor tedio valentía
que adolece del rol en familia,
esa tragedia sin mayor zozobra;
nada te volvió más mía
como escavar la tierra con las manos,
levantar un puñado y que una hazaña sea
cubrirte el cuerpo de fango.

Junio de 2007

Estrofa de un Tango

a J.L. Borges


Entre el puñal y el amor
no había tanto.

Yo por vos
lo he matado.

I- La mariposa negra



de tanto buscar sol de noche
pálida
quedó la falena.

tembló en espasmos detrás del vidrio
hasta que la casa quedó a oscuras
y hubo de buscar otro nido
por la penumbra
una bujía.

Por amor

no se dice
vine por amor,
pero por qué vine si no.

cuál anatema no se dice
qué palabrota qué motivo
dije sino que vine por amor
y con lo que me costó

la mosca

nunca herí una mosca.
a las moscas las he
amaestrado.
de chica quería remontarlas
con un hilo.

nunca herí una mosca y aún
así
tengo miedo de aplastarte
a vos
que me revoloteás al lado.

Eurídice

¿viste cuando alguien
se va viste
qué dolor da?
andate de una vez
andate por todas y no te vuelvas
a mirar.

estoy colgada a la ventana
a ver
si veo subir por esta
tu partida a cuestas.


las cortinas sirven
para ocultar cómo
de este lado del cristal
viste la ausencia:
un nudo en la garganta
y el estómago vacío de tanto mate.

el extranjero

dice
los días se están achicando
cuando quiere decir
los días se van acortando
o quizá
o mejor
los días se van
achicharrando.

Barrio de los Españoles

hay niños que por la calle
me amenazan a muerte.
son una parva
y crecen a la fuerza.

de qué te reís me dicen
y pienso cómo serán los padres
y ante el temor sigo.

In memoriam de Luciana Loriente


No me entra
que te hayas ido.
No me entra.


Un dolor al cuello
no es todavía la muerte,
tampoco el hospital
repleto de gente,
ni el frío correo que anuncia


que estás mal
y que como otras cosas pronto
he de borrar.


Fallecer es morir quizá
más lentamente.


Estoy tratando de corporizar
un sinfín de ausencias,
ensayo otros adioses,
ése no estar más
ni acá ni en parte alguna, sino 


bajo tierra.


Un ciclo de vermes
pulula en el abono que estoy cultivando
y me estremece
tant’hambre de vida.


Por momentos
te siento aquí abajo.
Oigo tu voz queda;
tus ojos desbordan olas azules
por donde pasaría una nave de locos
que juegan al azar y le hacen pito catalàn
a cada desplante que la vida les da.


Recuerdo tu paso abierto,
el apremio del dolor pintarrajeado
como en la sonrisa de un payaso,
tu amanecer todo el día
con el pelo alborotado
y las escotadas prendas negras
una befa al luto,
mujer de un Líbano en guerra
que te dolía por los huesos magros
de algunos antepasados.


Es posible que del otro lado,
en las antípodas del norte
ya no estés, aunque yo siga viendo
muñecas de papel mashé
con la mueca desolada,
el ropero y la pieza donde alguien
se atreverá a entrar y revisar.


Quisiera poder tocar
lo que tanto duele,
este cielo de un azul indiferente
o la garúa en el día
que me bañé con tu muerte.


Duele que todo parezca
ser una anécdota,
los campanazos de las iglesias
y el silencio que los devora y aleja.


Yo sólo sé que acabaste por siempre.
Quién sabe si ése no es
el último de los placeres.


Ojalá así sea.

Un giro d'ombra


Un giro d'ombra
da Eleonora Bevilacqua

Mauro si alzò dal letto, spostò le tende e guardò giù in piazza per vedere se Enzo fosse già lì. Ancora non c'era nessuno, nemmeno un'ombra. L'afa copriva il cielo con un velo di gesso. Copriva il cielo o i suoi occhi, non avrebbe saputo dirlo. Era un anno che doveva consultare l'oculista. Forse aveva le cataratte.
Aspettò che si facessero le cinque, quando il sole cominciava a indebolirsi. Scese con fatica le quattro rampe di scale, i trenta scalini, i due pianerottoli. La piazza, un quadrato col pavimento irregolare in pietra e il campanile alto in uno dei suoi angoli, era quasi vuota, se non fosse stato Enzo lì, a metà dell'ombra del campanile, col bicchiere di vino mezzo vuoto. Sembrava il negativo di una pellicola sul quale la luce che scorre per un attimo si ferma e poi rinizia. 
“Già che ci sei, andresti da Giovanni a prendere tre ombre?”, chiese Enzo, e Mauro pensò alla terza, “il solito sporcaccione”. Fece per allontanarsi ma tutto ad un tratto tornò sui propri passi e disse ad Enzo di star attento, “sei sotto il sole: così rischi l'insolazione”.
Enzo guardò le spalle tristi di Mauro, il corpo grasso, la camicia a righe sudata e appiccicaticcia. “Porco can, Mauro, lavati un po`”, gli avrebbe detto più tardi, ma a Mauro le gambe facevano male, tutte e due, e soprattutto, la sinistra. Poteva farsi la doccia una volta alla settimana. Pazienza.
Mauro camminò a stento verso il bar. Proprio adesso che lui aveva ancora l'abbiocco e c'era quella dannata calura, toccava a lui andare a prendere tre ombre al posto di due. Non era in vena di giochetti, ma sotto sotto, l'idea di Enzo non gli dispiaceva affatto. La conosceva bene.
Andò fino al bar trascinando le gambe gonfie di bende. Il medico gliele arrotolava dal piede fino al ginocchio ma i piedi puzzavano comunque. Lui avrebbe avuto bisogno di una donna come Milena, la badante di Enzo, che di un giorno al altro era andata via. Peccato che non avrebbe saputo come pagarla. Per guarire doveva smettere di bere, ma come? Come fare a meno di un'ombra? A casa non poteva rimanerci. Sua moglie era abituata a che lui fosse fuori fino a tarda sera. La voleva bene, per carità, ma a casa non poteva rimanerci con quel piede che gli puzzava come un cane sudicio. La moglie avrebbe voluto affannarsi con le cure, ma lui non si lasciava fare. Le diceva, lascia stare, non fa per te. La moglie sarebbe svenuta col solo guardare i vermi. Non era un lavoro per lei né per nessuno, neanche per la Milena d'Enzo, pur essendo infermiera e con la pelle dura che si era fatta.
Erano passati cinque anni da quando Mauro era andato in pensione e d'allora non faceva altro che mangiare, dormire, e poi, scendeva in piazza e si trovava con Enzo, che subito lo faceva lavorare e gli chiedeva: “vai a prendere tre bicchieri, ho una sete bestiale”. La gamba gli faceva male, ma andemo avanti, si disse, ed entrò nel bar.
Il proprietario, Giovanni, era sempre lì, dietro il bancone della ricevitoria, ad aspettare chi sa che premio, che affare, visto che lui al lotto non ci giocava. E poi un pensiero lo turbò. Pensò ad Enzo, lì fuori, tutto belo tranquillo all'ombra del campanile, che a lui non ci pensava mai. Gli aveva chiesto di andare a prendere le tre ombre con quel caldo e le sue gambe. Lo voleva far patire. E poi, sempre lo stesso giochetto dell'ombra in più. Enzo credeva di essere divertente, ma lo scherzo era sempre lo stesso; invece Valentina, la cameriera, lei no, lei era sempre più bella, cioè, sempre più viva. 
Mauro le chiese tre ombre di bianco, e tanto per dire qualcosa, disse: “Ha visto, signorina?, l'asfalto fuma. Noi siamo sempre lì, all'ombra del campanile. Ci potrebbe portare tre bicchieri?” Valentina rispose di non preoccuparsi, arrivo.
Mauro approfittò per chieder a Giovanni due biglietti del lotto. Quella notte aveva sognato i numeri vincitori. La gallina, il letto e la piazza. Gli altri erano sempre le date del suo natalizio. Non aveva mai vinto, ma chi non gioca non vince, pensò, e giocò due euro. Con due euro si poteva diventar ricco. Poteva riprendersi il patrimonio, che secondo la moglie aveva perso in piazza tra il bar, le sigarette e il lotto. Mica è vero che non ho vinto niente, diceva invece Mauro. Qualche volta aveva azzeccato quattro numeri. Con quei soldi avrebbe fatto questo e quest'altro, diceva, e li impegnava subito, appena li riscuoteva, e nella sua immaginazione li impegnava più di una volta, anche per offrire due giri d'ombra agli amici.
Uscì in piazza coi biglietti del lotto in mano. La cameriera portava i bicchieri sul vassoio, ed Enzo, vecchio pigrone, rimaneva attaccato all'ombra del campanile: guardava la cameriera avvicinarsi e pensava a Milena, che se ne era andata via un anno fa. Aveva rinunciato al lavoro ed era partita senza dire dove, stufa di dover badare a un rimbambito ubriacone che non fa altro che andare a sedersi sotto il campanile, a parlare cogli amici del sindaco e dell'assessore e della truffa di questo qua e di quello là. Lei non era sua moglie, disse Milena prima di partire, e lui avrebbe voluto dire, mica è un problema, e lì le avrebbe chiesto di sposarla, se non fosse stato per la vergogna, certo che glielo avrebbe chiesto: Milena era venti anni più giovane ed era ancora bella. Meglio così, disse quella volta, e la lasciò andare. Mona.
La cameriera allungò i bicchieri a tutti e due, e come era solito, chiese con un sorriso per chi fosse l'altro. Lo lasci qua, disse Enzo, e lei si inginocchiò per metterlo sulle pietre bianche del pavimento. Strizzò gli occhi, abbagliata. Enzo approfittò per guardarle le cosce abbronzate. Bella, disse, e Valentina fece un sorriso. Se fosse in loro, io cercherei il sole, pensò.
Mauro prese la sua sedia e ricercò l'ombra del campanile. Da un angolo, tagliando la piazza in perpendicolare, arrivavano Giacomo e Fulvio, cogli occhiali neri, assonnati. Enzo si mise la mano davanti gli occhi per coprirsi dal sole, guardò l'ombra per terra, guardò loro e spostò la sua sedia qualche centimetro ad ovest, sotto l'ombra che si spostava sempre più veloce. Giacomo disse, “vado a prendere da bere”, entrò nel bar, salutò Giovanni e chiese altre tre ombre di bianco. Uscì senza aspettare Valentina, che dopo qualche minuto arrivò col vassoio e i bicchieri freddi, mentre Fulvio diceva che l'assessore era stato indagato per corruzione, che senza le intercettazioni, fra poco quei reati sarebbero venuti in conoscenza di nessuno.
L'ombra del campanile continuava a spostarsi sulla piazza e nessuno batteva ciglio, finché Mauro si sentì senza rifugio e capì che non era più all'ombra. Fece un passo a destra con la sedia ed il bicchiere mezzo vuoto. Con lui si spostarono gli altri tre, senza che Fulvio smettesse di parlare dell'assessore. Aveva ricevuto tangenti dalle imprese di edilizia, roba da matti, da metterlo in galera. Gli altri tre assentirono nascosti dietro agli occhiali neri.
Dopo mezza ora Mauro pensò a Valentina. Il prossimo giro d'ombra tocca a te, disse a Enzo, che si alzò, spostò la sedia sempre più all'ombra e andò fino al bar. Quando tornò con Valentina davanti, sentì il profumo a tiglio dei suoi capelli e ricordò Milena. La conversazione era cambiata. Ora parlavano del papa e della chiesa. A lui piaceva l'altro papa, disse Giacomo, questo qua è un fanatico tedesco. Mauro si arrabbiò, cercò di difenderlo, ma l'opinione degli altri era unanime: la chiesa perdeva colpi. Oramai, chi ci andava in chiesa?
Dietro al palazzo delle regione, il sole calava. Le loro facce diventarono arancione. Le sedie si spostarono ancora due volte, ad ogni giro d'ombra. Il papa continuava senza avere addetti ma Dio era un altro discorso, disse Mauro, e poi, si era fatto tardi. Salutò gli amici e camminò verso casa. Dalla finestra sua moglie lo guardò rincasare. L'ombra copriva tutta la piazza. C'era notte fonda.